La autora de ‘Eu son o monte’ selecciona tres objetos vinculados a su experiencia migratoria para nuestra vitrina digital.
“¿Cómo construir un relato para que las personas te reconozcan como persona desde la emoción antes que desde el prejuicio?”
Sara Guerrero (Ciudad de México, 1994) vivió durante cinco años en una casa del rural gallego tras migrar de su ciudad natal y después de pasar varios meses en Barcelona. Su experiencia está recogida en la novela Eu son o monte, que sitúa a la lectora frente a una realidad incómoda, muchas veces silenciada. En un pasaje de su libro escribe Estoy cansada de explicar. Estoy cansada de explicar cómo llegué aquí y que, por lo tanto, no soy de aquí.
«Algunas personas me dicen que es normal que en un pueblo pequeño haya desconfianza. Sí, estoy de acuerdo, pero no es lo mismo. Cuando saben que vienes de Latinoamérica o del Sur Global hay otra capa de significado. No ocurre lo mismo que en As Bestas. Es distinto. Siempre hay una especie de desconfianza que tiene que ver con asociarte a unos prejuicios racistas que ellos mismos tienen».
Durante los años que pasó aquí, a Sara la acompañaron decenas de objetos cotidianos que adquirieron valor y significado con el tiempo, con las experiencias. Desde el Museo de la Migración le propusimos que escogiera tres de ellos para que formen parte de nuestra vitrina digital.
Sara se pregunta, al comienzo de su libro, qué pasa cuando nos movemos por un mapa que no sabemos interpretar.
«Lo que pasa es que hay una suerte de pérdida de identidad, una pérdida de sentido y de personalidad. Estás tan abierta a lo que hay fuera, a lo que tienes que decodificar, y tan ansiosa por estar bien aquí, que tienes que dejar cosas atrás y abrir nuevas posibilidades. El problema es quién recibe».
El libro te sumerge en el monte, en la casa. Puedes casi sentir cómo caminas por ese espacio de piedra, que cruje bajo los pies. Y estando allí, Sara quiso recrearlo, guardarlo en un papel.
Si de algo estaba segura cuando publicó el libro, era de que iba a ser incómodo, de que iba a molestar a mucha gente, ya que ofrece una mirada del rural compleja, que se aleja de la idealización o de su defensa incondicional. Expone problemas como el aislamiento, la precariedad, la falta de servicios… pero también el racismo, la desconfianza, el cuestionamiento constante. En el libro escribe: En la ciudad, un chico desmiente las críticas. Pero es a mi a quien el vecino llama Pocahontas mientras me agarra la pierna. Es a mi a quien mandaron limpiar casas o de vuelta a su país.
«Para mí era importante complejizar la mirada sobre el rural. Quería exponer que no hay médicos, que existe precariedad, aislamiento y me parece importante defender el rural porque la gente que vive allí tiene derecho a hacerlo con dignidad. Sin embargo, esa otra cara también existe. Proliferan los discursos racistas y de extrema derecha entre la juventud y yo pienso que es un tema que hay que abordar justamente para proteger el rural.
Pasa lo mismo con la lengua: ¿para defenderla tenemos que poner por delante esa pureza y pulcritud? Para hablar de la defensa del gallego tenemos que poner sobre la mesa los mecanismos de exclusión que genera en ciertos contextos con la gente migrante. Y, a partir de ahí, crear estrategias para construir puentes.»
Las palabras fueron el ancla de Sara durante su proceso migratorio. Y las tiene todas guardadas en un cuaderno.
Sara explica que este diario fue lo que la mantuvo a flote: poder escribir, poder crear, también desde su faceta de actriz.
«Fue la salvación, sin duda, fue lo único que me mantuvo firme con respecto a mi personalidad. Fue mi forma de mantener la dignidad, la integridad».
En su monólogo ‘Raigame’ aborda la identidad, la confluencia de dos espacios en una misma persona. En él, la protagonista pone por delante que ella es de aquí y explica: “Solamente a través de la emoción de empatía o del sentimiento de la convivencia era posible crear un canal de escucha con la otra persona”.
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