El periodista y activista palestino selecciona tres objetos vinculados a su identidad y experiencia migratoria para vitrina digital.
“Son las cosas que tengo más visibles en mi casa porque establecen un vínculo con mi vida familiar, con mi cultura, con mi identidad árabe.”
Los padres y abuelos de Murad tuvieron que huir de Palestina en 1967, durante la Guerra de los Seis Días. Él ha vivido toda su vida en España. Cuando al final de la entrevista le preguntamos si quiere añadir algo, se lanza a decir:
“Sí, que todo este discurso de odio hacia todo lo extranjero hace muchísimo daño a los hijos de migrantes y a los propios migrantes. Hay una herida de la que creo que mucha gente no es consciente cuando deja entrar mensajes racistas dentro de nuestra sociedad. Es la herida de la identidad cultural del hijo de migrantes, que no acaba de encajar ni en la cultura del país de origen ni en la del país de acogida.”
Murad cuenta que su crisis identitaria comenzó a los 16 años, cuando se reconoció como persona palestina y cuir: “Me vi solo, sin información más allá de los estereotipos y la visión reduccionista de lo que son los árabes.”
Tras muchos años alejado de su familia, elige como primer objeto para su vitrina digital una cafetera heredada de su madre.
“Es imposible encajar porque muestran tus dos identidades como enemigas. A día de hoy, la propaganda israelí quiere hacernos creer que el colectivo cuir no puede apoyar a Palestina por estar gobernada por Hamás, pero esa visión reduce y estigmatiza a toda la sociedad.”
Murad explica que, conforme fue creciendo, descubrió referentes y se dio cuenta de que existe una comunidad LGTBIQ+ muy amplia en todo el mundo. Sin embargo, lo que más le ayudó, dice, fue viajar a Palestina.
“Fue el momento más sanador de mi vida, ¿sabes? Sentarme en un jardín con unos chicos gais hablando en árabe de otros chicos, de Grindr, yo ligué con este, yo ligué con aquel…”
Murad explica que el gran obstáculo que él ve a la hora de visibilizar a la comunidad LGTBIQ+ palestina es la ocupación israelí.
“No solo no puedes moverte, sino que tampoco puedes comunicarte con la gente del colectivo, porque si el ejército de Israel descubre que eres gay, transexual o lo que sea, van a usar eso para chantajearte, encarcelarte o perseguirte.”
El segundo objeto que eligió fue la kufiya.
En su viaje fue a la ciudad donde había crecido su madre hasta el 67. Ella solo se acordaba de cómo era la casa y del nombre de las familias que vivían al lado.
“Llamaba a todas las puertas, me invitaban a café. Hablaba con mi madre por teléfono y le describía todo. Hasta que llegué a una casa donde me dijeron que era ahí, que se acordaban de mi madre. Eso me ayudó mucho a comprenderla, a entender su pasado y a acercarme a ella, pese a las diferencias y los obstáculos que siempre tuvimos. Eso no hace que entienda su homofobia —nunca lo voy a entender—, pero sí me ayuda a verla como una persona más humana.
Durante mucho tiempo me hicieron creer que mi madre era retrógrada y radical, que nunca me iba a aceptar, y que su rechazo venía de ese radicalismo. Pero conocer el lugar donde creció y vivió me hizo cambiar esa visión, entender que pasó por condiciones sociales muy duras y que su miedo venía de la falta de experiencias y herramientas.
Mi miedo hacia ella venía de la sociedad, de esa visión de terror hacia la comunidad árabe, y empecé a ver a mis padres y a la religión como algo malo.
Su miedo hacia mí y el mío hacia ella hicieron que viviéramos separados toda la vida. Hubo unos pocos meses en los que pude verla con otros ojos, no desde el odio, sino entendiendo que hay algo que nos impide acercarnos, pero que no está en nosotros, sino fuera.”
El último objeto de la vitrina de Murad es un ojito pequeño, como de pez.
Murad aboga por comprender para reconocernos, por mirar más allá de las fronteras.
“Occidente estableció las reglas de lo que puede ser cuir y de lo que no puede serlo. Y nosotros las vamos rompiendo poco a poco. Para ser una persona cuir respetada y aceptada por la sociedad occidental, hay que ser blanca, de una determinada clase social, con ciertas formas; no puedes ser racializada, no puedes ser religiosa. Aquí tenemos mucho trabajo por hacer, porque respetamos la libertad de expresión y de acción, pero no permitimos que la gente sea religiosa y del colectivo LGTBIQ+ al mismo tiempo. Entonces, obviamente, hay una visión racista en todo esto.”
Murad explica que lleva muchos años trabajando en un proceso que va más allá de lo establecido: “Construir identidades complejas y aceptar que no soy esto ni lo otro.”
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