La ilustradora y novelista gráfica selecciona tres objetos vinculados a su identidad y visión sobre la migración para nuestra vitrina digital.
Quan Zhou (Algeciras, 1989) es ilustradora, novelista gráfica, divulgadora y podcaster. En las primeras páginas de su novela Gazpacho Agridulce podemos ver una serie de viñetas que narran su nacimiento: en un taxi camino al hospital. Su obra, llena de humor, conforma también un espacio para sumergirse en lo que supone crecer entre dos culturas.
Al principio de la conversación, mencionamos la palabra migrante de segunda generación y nos aclara: “No me gusta nada lo de migrantes de segunda generación, no son migrantes. Siempre lo recalco porque fomenta la otredad. Es simplemente una mujer española de origen chino porque, si no, se perpetúa que somos invitadas, como si siempre viniésemos de fuera. Nuestras historias son diferentes y no pasa nada”.
Quan explica el proceso que vivió en torno a la construcción de su identidad: “La identidad no es estática, tratar de medir matemáticamente a donde perteneces me parece un debate estéril. Cuando la gente me pregunta, yo digo ‘¿Qué prefieres, que te corten una mano o una pierna?’ Porque es lo que me estás pidiendo, una parte de mi que sigue siendo mía. Lo es y lo será durante el resto de mi vida. Así que una vez que llegué a esa conclusión, a esa identidad, me siento mejor”.
Con el primer objeto que ha elegido para su vitrina digital echa la vista atrás: una foto de boda de sus padres que se sacaron muchos años después de casarse.
Quan se define como andaluchina, pero dice que en Málaga, a día de hoy, le hablan en inglés: “La gente no espera que con esta cara hayamos compartido el mismo contexto”. Sobre la evolución del racismo a lo largo de los años reflexiona: “El Ministerio ahora, de repente, tiene una cuenta en Instagram que dice ‘Sin racismo’, y tienen un número de teléfono, y antes no había nada. Pero siguen existiendo los CIES, sigue habiendo gente que muere en las fronteras y a mi, el día que me descuido, hay un niño insultándome por la calle. No difiere mucho de mi infancia. Además con el auge de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos, no sé donde va a acabar la cosa”.
En su novela Gazpacho Agridulce narra su infancia y adolescencia en el restaurante chino que tenían sus padres. Rememorando esto, cuenta que en una conversación que tuvo con la activista Safia El Aaddam reflexionaron sobre cómo las distintas culturas conciben la infancia: “La concepción occidental es que los niños tienen que ser niños, pero hay culturas donde las infancias no se alargan tanto. No se trata de que un niño tenga que trabajar, sino de otras formas de vivir la infancia y crear apego. Me decía ella: igual el desapego es dejar a un niño de cuatro meses en la guardería, y en otras culturas la madre se lleva al bebé. El choque aparece cuando tu entorno hace lo contrario, pero es también una manera de ver cómo la migración cuida a sus hijos”.
El segundo objeto que eligió para su vitrina digital se puede saborear y, para Quan, es un viaje sensorial que la lleva directa a la infancia: el vino de arroz fermentado.
En su libro La Agridolce Vita, Quan recorre varios países encontrándose en ellos con la diáspora china. Sobre estos viajes reflexiona: “Para mí ha sido un punto de encuentro de la diáspora, de ver lo que ha hecho la migración de otro sitio. Allí hay algo que me hace sentirme en casa: no China en sí, sino los Chinatowns, ver lo que hizo la migración china al asentarse en un lugar. Me da mucha familiaridad”.
Para Quan Zhou, honrar a los mayores es una manera de materializar el respeto y el cuidado hacia ellos, una tradición muy presente en la cultura china; por eso, ha escogido para su vitrina digital un bote de vitaminas.
Quan habla de las dificultades que ha vivido para hacerse un hueco en el mundo artístico y de cómo el racismo limita la visibilidad de artistas racializadas en España: “No hay casi nadie racializado publicando novela gráfica, no porque no existan, sino porque no se les da la oportunidad. Cuando fuimos al festival de cómic Angoulême, en el que España era país invitado, llevaron más de 100 autores y solo tres éramos racializados, Nadia Hafid, Ken Niimura y yo. Me pusieron en una mesa a hablar 15 minutos y ya está. La semana pasada estaba en Harvard, se me trataba mucho mejor fuera que dentro. Si el cómic ya se queda atrás si hablamos de literatura, las mujeres racializadas en el mundo del cómic están siete veces por detrás”.
Señala que, en España, la multiculturalidad y las experiencias de artistas racializadas no siempre se valoran: “Ni siquiera se considera valiosa, entonces, para acceder a ayudas, a financiación… ni siquiera consideran que nuestra realidad es valiosa. Si tú partes de aquí, a lo mejor nosotros tenemos que partir de mucho más atrás. Y es muy difícil mantenerte en la carrera. Hasta que yo me he podido dedicar solo al arte, han pasado casi diez años”.
La identidad, para Quan, es sobre todo verse a sí misma: “Para mí es verme o no verme. Es decir, una vez ya has procesado y digerido todo… de repente ya puedo verme, ¿no? Ya tengo sensación de mí misma y puedo verme.Y verte para aceptarte o no… igual hay partes de mí misma que no me gustan, pero ya las veo”. Reconoce que durante años se buscó en los demás, en cómo deberían ser los referentes, hasta que comprendió que mirar a otros sin mirarse a uno mismo es como observar “a través de un cristal en vez de en un espejo”.
Hoy, su identidad es algo propio, que se pule y se enfrenta a lo que no le gusta de sí misma o de lo que la sociedad le ha impuesto: “Para verte, tienes que saber quién eres”.
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